Hace unos años me tocó escribir para Teletica, algo que nunca había hecho y realmente pensé que no lo iba a lograr. Pasé horas pensando en el tema, juegos que me gustaban, experiencias que había tenido como administrador de VJCR, e inclusive una que otra historia de mi infancia… ¿Y por qué no hablar de toda mi infancia?

Fui un niño como cualquiera. Salía a jugar con mis amigos del barrio, pasábamos horas en las bancas del parque comiendo cuanta fruta había y corríamos despavoridos cada vez que, con toda la malicia del caso, tocábamos un timbre al azar. Pero al regresar a la casa, había algo que nos emocionaba aún más: encender el pesado televisor Hitachi de mi cuarto y mover la perilla hasta el canal 3.

Cuando la palabra geek no tenía sentido y las computadoras eran un gran lujo, tuve la suerte de conocer los videojuegos. Desde mis primeros años de vida a finales de la década de los 80, llegó a mi casa una pequeña caja gris que rezaba, en letras rojas, “Nintendo Entertainment System”, un regalo que me hicieron mis padres sin tener la menor idea de que aquel inocente pasatiempo se convertiría en un estilo de vida.

Pasaron los años y el mercado de los videojuegos fue creciendo rápidamente. El Super NES superó de manera abismal a su antecesor, rompiendo barreras con nuevos géneros y clásicos aun recordados, mientras la SEGA aumentaba la competencia en el mercado de hardware. Un minuto de silencio por su cruel destino años después… Fue tan admirada la calidad y evolución de los juegos que vieron la luz en estos años, que en poco tiempo se le bautizaría como “La era dorada de los videojuegos”.

No pasó mucho tiempo desde que se integrara al panorama el SNES, para que empezaran a aparecer los gamers. La complejidad de los juegos aumenta, aumentando también la competitividad entre sus fans; que lo digan los famosos arcades (como el del olvidado Cine Universal en Paseo Colón), testigos de miles de duelos de Street Fighter 2 a la salida de la escuela, luchando por el honor de ser el mejor, o la plata que sobrara del almuerzo. Cualquier cosa se ponía en juego para hacerlo más interesante.

Años más tarde, ya con el Nintendo 64 y PlayStation en mano, me consideraba todo un “hardcore gamer”. Y no era para menos, ya para este momento mis padres se habían dado por vencidos en su afán de alejarme de las consolas (pero me las seguían comprando… un círculo vicioso), mientras yo invertía días enteros encontrando hasta el último corazón de The Legend of Zelda: Ocarina of Time, o llenando de plomo hasta la última esquina en GoldenEye 007. Pero nunca falta el punto negro en la hoja blanca.

Igual que el 99% de las personas que conozco, caí en el lado oscuro de los videojuegos: la piratería… y lo admito, lo disfruté. En su momento fue algo muy normal, las tiendas de video se empezaron a abarrotar de copias de juegos para el PlayStation y el Dreamcast, y por la módica suma de 2 mil colones (el equivalente a no almorzar en toda la semana) todos los viernes descubría un juego nuevo. La recomendación venía de algún empleado de la tienda de video, que pasaba todo el día probándolos uno tras otro, mientras nosotros nada más podiamos ver y desear tener ese arsenal de discos en nuestras manos. Grandes sorpresas nos llevamos con juegos como Tony Hawk Pro Skater cuando aún el patinaje no estaba de moda, Crash Team Racing me puso el corazón en conflicto, sintiendo que Mario Kart se iba a dar cuenta de ese engaño, o Metal Gear Solid con el que tomábamos nota de cada escena para poder entender el juego, y con el que sufrimos horas de horas por tener el juego pirateado y no poder ver en la caja el codec de Meryl (flashback para más de uno).

Pero bueno, todos tenemos derecho a una época de oscurantismo… ¿o no? Ya en años recientes las cosas cambiaron. Por un par de años fui PC Gamer mientras esperaba que la generación actual bajara de precio y fortaleciera su catálogo, para luego entrarle de lleno al juego en línea.

Actualmente, el mercado de los videojuegos se considera uno de los más fuertes -asegurando algunos- que es aún más rentable que la producción de cine comercial, y no parece que se vaya a detener. Nintendo ha vendido 66 millones de Nintendo 3DS aún con la competencia del gaming en el mercado de los smartphones (y el Switch va por muy buen camino), y juegos como Call of Duty: Black Ops 2 lograron generar $500 millones en tan solo 24 horas (en comparación, la película “Wonder Woman” hizo $38 millones en esa misma cantidad de horas). Esto es una pequeña muestra de la fuerza que ha tomado este tipo de entretenimiento.

Aun así, muchos vemos esto como algo más que un negocio y nos duele ver como empresas que por muchos años nos dieron grandes juegos, ahora nos cobran extra hasta por levantarnos e ir al baño. Pero siempre habrá opciones, los llamados juegos Indie son una excelente muestra de cómo la originialidad no tiene límites. Juegos como Braid, Limbo, Bastion o Cuphead nos dejan muy claro que aún hay personas que valoran más una gran dirección artística que $5 extra por poder ver el final completo, desarrolladores que aún sienten ese gran amor, a veces nostálgico, por lo que representa un juego de video y los grandes clásicos con los que crecimos.

Y es este gran amor el que nos mueve a todos en The Couch, por todos esos momentos que nos han sacado más de un escalofrío o hasta una lágrima frente al televisor, una pasión que nos mueve día a día y que nos hace decir con orgullo… ¡Somos Gamers!

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  • Pablo Peñaranda

    Pucha hasta me conmovió este post, gran historia sr armando, siempre me han gustado este tipos de historias de los colaboradores