«Dios ha muerto y nosotros le hemos matado» F. Nietzche.

Muchas veces creemos que entedemos a un autor y la significancia de su pensamiento y por ello surgen muy malos entendidos. Así, por ejemplo, cuando Nietzche habla de un Dios que ha muerto no significa realmente que el alemán creyera en primer lugar en un Dios y en segundo que este estuviera muerto; su frase, era más bien, una reflexión sobre lo que él consideraba era el último eslabón moral de Occidente y como la pérdida de lugar de una brújula religiosa en la sociedad tendría un impacto significativo en lo que entendemos como civilización.

En ese sentido, la frase no es una celebración como muchas personas han creído (y siguen creyendo hoy día) sino más bien un lamento. El lamento profundo de una persona que entendió que la civilización no es más que un constructo pegado con cinta en el relativamente poco tiempo moderno desde el surgimiento del Estado/Nación. Es el lamento de las peores atrocidades, de la moral subjetiva (aunque en ese sentido Nietzche tampoco profesa, en estricto censo, una moral kantiana universal) y de los héroes caídos, es también el lamento de Margitt, de Godrick y del Lobo Rojo, es pues una obra literaria que profundamente impacta a Elden Ring, lo nuevo de Fromsoftware.

Antes de continuar, quiero hacer una aclaración:

Esta no es una reseña de Elden Ring, es una opinión de una persona que ha pasado alrededor de 35 horas explorando y muriendo en un loop infinito. Es más un texto sobre los sentimientos y pensamientos que me genera un juego de tal magnitud que se siente inabarcable, infinito, como si fuera un anillo cuyo inicio es su propio fin y cuya construcción fuese forjada en las Tierras Intermedias por la propia Marika.

En las Tierras Intermedias no tendrás guía, ni puntos que te indiquen directamente hacia donde ir. Eres libre de explorar a tu antojo, no hay prisa, no hay ánimo de ir de 0 a 100 en unas horas; después de todo, el mundo ya fue destruído, vivimos en una época en donde todo murió, los antiguos bosques, las montañas, las ciudades, los pueblos… todo aquí fue condenado por la avaricia de los semidioses y lo único que puedes hacer es intentar reconstruir el anillo que traerá algo de luz a la oscuridad eterna de este maldito lugar.

Elden Ring no se anda por las ramas, te da la acción directamente, si quieres aprender de su mundo tendrás que leer y leer y leer, lo que también implica morir y morir y morir. Aquí no hay sitios seguros, no hay sentimiento de «todo está bien», lo que existe (como en la vida real) son pequeños grandes triunfos en donde destruir a un jefe no significa salvar a un pueblo o devolver el mundo a su esplendor, significa ante todo, la victoria sobre la muerte, el dominio del combate, el resurgir del caído.

Todo en este mundo te alerta, te mata, te golpea, no existe un momento en donde no veas una sombra, una forma o un peldaño en donde no sientas que te van a lastimar.

Justo en ese momento, reviso la bolsa de runas ¿Cuántas tengo? ¿Cuántos niveles puedo subir? ¿Cuántos objetos puedo comprar? ¿Cuántas invocaciones puedo mejorar? ¿Valdrá la pena el riesgo? Todas esas preguntas son las que pasan por mí mente cuando veo un titán al fondo con una espada listo para partirme en dos si no ando lo adecuado.

Prepararse no solo es la clave para un juego como Elden Ring, es un paso más; de nada servirá tener todas las pociones del mundo si no sabes danzar con El Caballero del Crisol, de nada servirá tener magia infinita si no se puede esquivar el hacha de Margitt, la preparación cuenta, pero la habilidad también.

Elden Ring no se anda por las ramas, te da la acción directamente, si quieres aprender de su mundo tendrás que leer y leer y leer, lo que también implica morir y morir y morir.

La sensación de vulnerabilidad es adictiva, como si no fuera suficiente con vivir en un mundo lleno de inseguridades, donde la fragilidad humana se nos demuestra todos los días (Putín invadiendo Ucrania, la COVID-19, los precios del petróleo, las elecciones…), es un motor de exploración, en Elden Ring no exploras solo para conseguir recompensas (que las hay) exploras para hacerte más fuerte, para fallar, para encontrar a ese jefe secreto del que todos hablan, esa espada mágica que te asegura destruir a los jefes de un golpe.

Exploras porque eso le da sentido al mundo, le da valor a tu juego, le da un significado sobre la importancia de tomar acciones ante lo inevitable y hacer tuyo el destino que te aguarda.

Las grandes épicas occidentales, van, generalmente, de grandes héroes que luchan por el estatus quo, van de la justicia (que casi siempre es sistemica, institucionalizada), van de la libertad (entendida como la libertad de escoger y no la libertad para vivir), van de lo magnánimo, de lo excelso, de lo pulcro… Elden Ring por el contrario va de la decadencia, de la escoria, de la putrefacción, del mundo destruído, de las distopías mágicas, de la imposibilidad del destino y de la vuelta a un pasado mejor.

Elder Ring va también de épicas batallas, de la soledad y de la redención. Es un retrato mágico de nuestro mundo, de nuestras posibilidades, de nuestras angustias existenciales y de nuestra falta de fe, de nuestras ansiedades y depresiones y de nuestros motivos para seguir en el mundo.

Si Animal Crossing daba una orientación y orden a la ya caótica vida de las personas en pandemia (donde un día sí y el otro también las reglas del juego cambiaban radicalmente) Elden Ring da esperanza a través de la vulnerabilidad, da fe a través de la incredulidad, da poder quitándote posibilidades, en fin, dan un mundo decandente donde a veces, o más bien, casi siempre, es placentero morir.

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