Un día como hoy, dos de septiembre, hace 45 años murió el gran genio de la literatura universal y creador del Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien.

El creador de Arda y la lengua de los eldar, aparte de escritor, fue poeta, filólogo y académico, nació en Sudáfrica en 1892 y pasó gran parte de su vida en Inglaterra y Francia, donde trabajó como profesor de idiomas en varias instituciones, incluida la universidad de Oxford. Su obra, la cual es más conocida por el Hobbit y el Señor de los Anillos, se extiende por una gran lista de poemas, cuentos cortos, canciones, y por supuesto todo el trabajo previo que requirió para crear su obra a la cual su hijo editó y publicó luego de su muerte.

Tolkien, quien es conocido como el padre de la alta fantasía moderna, y el precursor de cientos de autores quienes intentaron emular sus pasos. Sin embargo, la metodicidad y cuidado casi obsesivo en los detalles al crear lo que se conoce como el legendarium de Tolkien, la mitología y lógica del mundo en cual se basa El Señor de los Anillos, fue en muchos sentidos la clave de su éxito y lo que solamente muy pocos autores pudieron imitar después de él.

Detrás de esas lenguas y canciones élfica y de las runas enanas se esconde un profundo amor por los idiomas el cual se manifestó desde su infancia cuando su madre le enseñaba las bases del latín. Con el tiempo esto se convirtió en su afán profesional e investigativo, logrando grandes contribuciones a su época sobre la literatura anglosajona y su crítica, sobre todo en la de su poema antiguo favorito Beowulf.

Este amor por las letras se evidencia en toda su obra y trabajo. En muchos casos en su obra se compara la creación del mundo con la creación de la palabra, y la forma en que las canciones, son las que transportan la historia de Arda y le van dando forma e interpretación desde el canto maestro de Iluvatar, y la forma en la que la palabra escrita también toma poder dentro del mundo, inclusive llegando al punto de corromper o sanar.

Aparte de las letras y el idioma Tolkien se nutrió de más trasfondos para su obra. De pequeño tuvo acceso a muchos libros de literatura clásica, al igual que ciertos cuentos fantásticos; tuvo también una corta educación en botánica de parte de su madre y sus viajes por europa le dieron insumos para las aventuras de sus personajes, en especial para El Hobbit. Pero de todas sus experiencias probablemente una de las que más lo marcó fue la de ser parte de la batalla del Somme durante la Primera Guerra Mundial, la batalla más sangrienta de dicha guerra y una de las peores masacres de la historia.

Esa realidad bélica toma forma también en su visión literaria como una malvada oscuridad que contiene no solo el mal de la guerra sino tantos otros que afectan a la humanidad, esto se contrasta con su visión religiosa arraigada en una temprana educación católica, brinda un mensaje de gran esperanza a sus textos. Aparte da forma a una cosmología politeísta para su mundo, la cual se justifica en un solo ente creador, Eru Iluvatar. Pero aparte de esta visión sobrenatural del mundo de Arda, se dibuja un mundo rico en historia propia, con distintas etnias y casas de humanos, y eventos históricos y desplazamientos de poblaciones que dan nuevos grupos y nuevos idiomas. No es solamente un estudio de espiritualidad o metafísica, es el mito creador de un mundo, que a todas luces, puede ser tan real como en el que habitamos.

 

¿Pero por qué aún después de tanto tiempo se sigue leyendo y gustando? Para empezar, Tolkien dió una mitología al mundo anglosajón. Antes de su obra palabras como Orco, Wargo o Hobbit no existían, y muchas como elfo, enano o goblin no representaban lo que representan hoy en día. Al incluirlas en la universalidad de su obra, Tolkien dinamizó estas palabras y les dió nueva vida bajo otra interpretación, y como Eru, dió forma al mundo con ellas. Así muchos elementos de fantasía que existen hoy en día en videojuegos, películas, series, libros, juegos de mesa y cultura pop en general, provienen de su obra.

Así, este alargado profesor católico de idiomas que creó el equivalente creativo de un pueblo, se paraba frente a sus clases de declamar en anglosajón antiguo las primeras líneas de Beowulf: Hwæt!, gritaba a sus alumnos, y comenzaba, no a declamar, sino a actuar mientras recitaba, y le mostraba a sus jóvenes alumnos que aquel no era solamente aquel polvoriento poema que había que leer, sino una poderosa épica de guerreros pasada a través de generaciones, las cuales transportaban una historia y el poder de la palabra. Hwæt!, lo escucho gritando cada vez que tomo el Hobbit de mi biblioteca, mientras me dispongo a que me enseñe una vez más como lo hizo hace tanto, que las historias no son solamente historias.